El vértigo que siente no es espiritual. Es político.
Me habían dicho que todo empezaba en la catedral. He entrado esta mañana y ahora entiendo por qué. No es un templo: es una demostración. Todo en ella está diseñado para producir un único efecto en quien entra, y ese efecto no es la devoción. Es la sumisión.
Las bóvedas suben hasta una altura que no tiene ninguna justificación litúrgica, el oro cubre cada superficie como si la piedra desnuda fuese una indignidad, y cuando uno alza la vista hacia la cúpula el vértigo que siente no es espiritual. Es político.
El vértigo que siente no es espiritual. Es político.
Esto lo construyó un hombre. Un solo hombre que decidió que su catedral tenía que ser así de aplastante, y que tenía los recursos de un estado entero para hacerlo realidad.
He pensado mucho en los que eligieron a ese hombre. El cabildo catedralicio — un puñado de canónigos, la mayoría hijos menores de las grandes familias del territorio — se reunía bajo estas mismas bóvedas para decidir quién sería el próximo señor absoluto de Salzburgo. Imagínese la escena. Los Thun contra los Lodron, los Firmian contra los Colloredo, cada familia moviendo sus piezas durante meses para colocar a su candidato en un trono que lo convertía de la noche a la mañana en gobernante, juez, general y pastor de almas. Todo lo que he visto en estos días — la fortaleza, las cúpulas, los puentes, las murallas — fue decidido por hombres que llegaron al poder a través de intrigas en los pasillos de este templo. Debajo de cada cúpula hay una familia que ganó una partida.
He cruzado después a la Residenz. Si la catedral es donde se fabricaba el poder, el palacio es donde se exhibía.
Debajo de cada cúpula hay una familia que ganó una partida.
He recorrido salones vacíos con techos pintados y arañas de cristal que ya no iluminan nada.
He recorrido salones vacíos con techos pintados y arañas de cristal que ya no iluminan nada. En uno de ellos había filas de sillas doradas orientadas hacia ninguna parte, como dispuestas para una audiencia que nadie ha convocado, y en un rincón una mujer sentada leyendo un libro, completamente ajena a los frescos que se desplegaban sobre su cabeza. La corte entera del príncipe-arzobispo cabe ahora en una lectora distraída. Hay algo en esa imagen que no he podido quitarme de la cabeza en todo el día.
He llegado a una ventana y me he detenido.
La catedral donde lo habían elegido, la plaza donde se manifestaba ante el pueblo, y la fortaleza que lo protegía. Todo visible desde una sola ventana.
Desde allí se veía la plaza de la catedral enmarcada por el marco de la ventana como un cuadro, y al fondo, arriba, la fortaleza. He comprendido que esa era la vista cotidiana del poder: la catedral donde lo habían elegido, la plaza donde se manifestaba ante el pueblo, y la fortaleza que lo protegía. Todo visible desde una sola ventana. Todo suyo. Usted me preguntó antes de partir si creía que un hombre podía gobernar un territorio durante décadas sin volverse loco o tiránico. Empiezo a entender la pregunta.
Al final de la tarde he entrado en una sala donde guardan los objetos litúrgicos del arzobispado. Los príncipes-arzobispos de Salzburgo, o lo que queda de ellos, están ahí dentro.
El poder que encerraron en esta ciudad ha acabado encerrado él mismo.
Reducidos a estatuas doradas que flanquean una puerta. Obispos de tamaño natural con mitra y báculo, que en su día habrían presidido procesiones y dictado sentencias y recibido el beso en el anillo, convertidos ahora en piezas almacenadas detrás de un cordón. El poder que encerraron en esta ciudad ha acabado encerrado él mismo. Me ha parecido que eso era lo más parecido a la justicia que he visto desde que llegué.
He salido al atardecer y he subido al Mönchsberg a buscar aire. Necesitaba distancia después de tanto interior.
La ciudad sigue representando una obra sin función.
Al pasar junto a una ventana me he detenido. En el cristal estaba Salzburgo otra vez, atrapada en el reflejo. Pero esta vez no era el reflejo tembloroso del agua, sino algo distinto: un reflejo nítido, congelado, sellado detrás de un vidrio.
En el cristal estaba Salzburgo otra vez, atrapada en el reflejo.
El viejo mundo entero metido en una ventana que nadie abre. He visto mi propia silueta superpuesta a las torres y a la fortaleza y no he sabido si era yo quien miraba la ciudad o la ciudad quien me miraba a mí.
Llevo cuatro días aquí. He visto Salzburgo desde fuera, desde arriba, desde dentro. Todavía no sé qué es lo que me queda por ver, pero sé que existe. Esta ciudad guarda algo que no está en las piedras ni en el oro ni en las bóvedas. Algo que solo se muestra cuando deja de buscarse.