ES EN
Funicular de Hohensalzburg

Carta Tercera

El poder por dentro

He subido a la fortaleza. He querido cumplir lo que le anuncié ayer y ver Salzburgo desde donde la veían ellos. Pues bien: no la veían. O no como yo esperaba. He llegado arriba todavía con niebla —parece que a esta ciudad le cuesta desprenderse de ella— y lo primero que he descubierto es que desde la fortaleza la ciudad se ve peor que desde abajo.

Vista de Salzburgo envuelta en niebla desde la fortaleza

La niebla sube. Lo que en las calles era un velo aquí arriba era una ceguera completa.

La niebla sube. Lo que en las calles era un velo aquí arriba era una ceguera completa, y tal vez eso explica muchas cosas. Que quien gobierna desde lo alto no necesariamente ve más claro. Que la altura no da perspectiva: da aislamiento.

He recorrido los muros durante horas. Hohensalzburg no es un edificio: es una acumulación. Siglos de remiendos, ampliaciones, capas de piedra añadidas sobre capas anteriores como las decisiones de un poder que nunca se planteó detenerse.

Muros blancos con contraventanas negras

Los muros son gruesos como no he visto en ninguna otra parte, encalados de blanco con contraventanas negras.

Torreones de Hohensalzburg

Los muros son gruesos como no he visto en ninguna otra parte, encalados de blanco con contraventanas negras que le dan un aire más de convento que de fortaleza. Pero no se engañe: esto no es un lugar de recogimiento. Es una máquina. Cada metro de muro, cada torreón, cada pasillo estrecho fue pensado para una sola cosa, y no era la oración.

Ha sido en una de las ventanas donde he entendido algo que no esperaba.

Pasillo interior de la fortaleza

La máquina está intacta y no tiene operario.

La ciudad aparecía enmarcada por una reja de hierro grueso, rombos negros que cuadriculaban las cúpulas y los tejados como si Salzburgo fuese algo que había que mantener encerrado. O vigilado.

Vista de la ciudad a través de la reja de hierro

El poder absoluto miraba su dominio desde detrás de barrotes.

He tardado en comprender que esa era exactamente la vista del príncipe-arzobispo. Que el hombre que mandaba sobre todo lo que se extendía ahí abajo lo veía siempre así: a través de hierro. El poder absoluto miraba su dominio desde detrás de barrotes. No sé si esto es una ironía o una confesión involuntaria de la arquitectura, pero me ha producido una impresión que no consigo quitarme de encima. Usted me dijo antes de partir que el poder absoluto es una forma de cautiverio. Le dije que era una frase bonita. Ya no me lo parece. La fortaleza no era solo el trono. Era también la jaula. Un hombre que concentra en su persona el poder temporal, el espiritual y el judicial no gobierna desde la libertad sino desde el encierro que su propio poder le impone.

La niebla se ha ido levantando a lo largo de la mañana y con ella ha cambiado todo.

Panorámica desde la fortaleza con los Alpes al fondo

De pronto las montañas estaban ahí, enormes, indiferentes, y la fortaleza que desde abajo parecía coronar el mundo se ha revelado como lo que realmente es: una piedra a mitad de ladera. He recorrido las almenas ya sin bruma y lo que he encontrado ha sido un silencio extraño. No el silencio de lo vacío sino el de lo que todavía no sabe que ha terminado. Todo sigue aquí — las garitas, las troneras, los pasadizos — pero ya no hay nadie que dé las órdenes. La máquina está intacta y no tiene operario.

Telescopio en las almenas con vistas a los Alpes

Las montañas estaban ahí, enormes, indiferentes.

En algún momento me he asomado a la muralla sur, la que nunca tuvo razón de vigilar porque el peligro siempre venía del norte. Y lo que he visto me ha aliviado más de lo que puedo explicar.

Vista sur desde la fortaleza, campos y casas

Nada. Campos, una casa, caminos que no llevan a ningún sitio importante. La vida de los que nunca tuvieron que preocuparse por quién se sentaba en el trono de arriba. Después de tanta piedra y tanto peso, esa vista me ha parecido la más hermosa de toda la fortaleza.

He bajado al final de la tarde. Al darme la vuelta para mirar una última vez, el sol se abría paso entre nubes enormes y los rayos caían sobre el valle como cuchillos de luz. He pensado que esa luz estaba ahí antes que la fortaleza. Y que seguirá ahí mucho después.

Luz dramática sobre los Alpes

Mañana visitaré la catedral. Me han dicho que es donde todo empezaba.

Carta 3 / 7