Me he sentado a esperar sin saber muy bien qué.
He hecho hoy lo que le anuncié ayer: nada. He salido a caminar sin plan, sin destino, sin la intención de comprender nada. Llevaba cuatro días leyendo esta ciudad como quien lee un documento y estaba agotado de significados.
He subido al Kapuzinerberg al final de la tarde y me he sentado a esperar sin saber muy bien qué.
Me he sentado a esperar sin saber muy bien qué.
Y entonces ha ocurrido. La ciudad se ha encendido.
No gradualmente sino de pronto, como si alguien hubiese dado una orden que yo no he oído. El cielo se ha vuelto de un azul que no he visto en ninguna otra parte y Salzburgo ha respondido desde abajo con una luz propia que no tenía nada que ver con lo que he estado viendo estos días.
Las cúpulas que de día eran el inventario del poder se han convertido en otra cosa.
Las cúpulas que de día eran el inventario del poder se han convertido en otra cosa. No sé qué nombre darle. Belleza no es suficiente. Era como si la ciudad, al quedarse sin la luz del sol, se hubiera quitado la máscara.
No le voy a describir lo que he visto después porque no sabría. He bajado al río, ha empezado a llover, he caminado durante horas por calles que de día me habían parecido legibles y de noche eran un mundo distinto.
Ha empezado a llover.
Calles que de día me habían parecido legibles y de noche eran un mundo distinto.
Solo le diré esto: hay una Salzburgo que existe únicamente cuando llueve de noche. Una ciudad de adoquines dorados y farolas que arden solas en callejones sin siglo, donde el tiempo se detiene o se vuelve irrelevante.
He cruzado plazas vacías que los príncipes-arzobispos construyeron para manifestar su gloria y que ahora no eran más que escenarios hermosos al servicio de nadie.
He visto a una mujer arrastrar una maleta bajo un paraguas por la Residenzplatz, sola, de noche, bajo la lluvia, y esa imagen me ha parecido la más honesta de todo lo que he visto desde que llegué. Todo el poder acumulado reducido al decorado del tránsito de una desconocida.
Farolas que arden solas en callejones sin siglo.
Escribo de madrugada. No consigo dormir. Durante cuatro días he intentado leer Salzburgo como la crónica de un poder que se derrumbó. Y esta noche la ciudad me ha contestado que es mucho más que eso.
Que lo que los príncipes-arzobispos construyeron se les escapó de las manos hace tiempo. Que la belleza que levantaron para someter ha sobrevivido al sometimiento y ahora simplemente existe, libre, sin dueño, encendiéndose cada noche para nadie en particular.
Ya sé, ya sé. Usted me dirá que me estoy dejando llevar otra vez. Probablemente tenga razón. Pero esta vez no me importa.