Algo que no era luz ni materia sino una sustancia intermedia
Ha vuelto la niebla. Pero no es la misma. La de mi primer día era blanca, fría, una niebla que borraba. La de esta noche es dorada. Se ha levantado al caer la noche como si el suelo exhalase todo el calor del día y la ciudad se ha ido envolviendo en una bruma que no borra sino que disuelve. No sé si entiende la diferencia. Borrar es hacer desaparecer. Disolver es algo más lento, más íntimo, más definitivo. Lo que se borra puede volver a escribirse. Lo que se disuelve, no.
Algo me ha empujado fuera del alojamiento a una hora en que ningún viajero sensato sale a caminar. La plaza de la catedral estaba irreconocible. No voy a olvidar lo que he encontrado mientras viva.
La catedral se estaba disolviendo. No encuentro otra palabra. Los focos que la iluminan desde abajo lanzaban columnas de luz dorada contra la fachada y la niebla las convertía en algo que no era luz ni materia sino una sustancia intermedia, como si la piedra estuviese evaporándose hacia el cielo.
Algo que no era luz ni materia sino una sustancia intermedia
Las torres habían dejado de ser sólidas
Se deshacían en la bruma como un recuerdo que se intenta retener y se escapa entre los dedos. Eso es exactamente lo que ocurrió. El principado no cayó derrotado: se disolvió. No hubo batalla ni asedio ni resistencia sino una evaporación del sentido de las cosas, y luego vino un decreto a certificar lo que la realidad ya había hecho. Esta noche la niebla estaba repitiendo el proceso delante de mis ojos.
El principado no cayó derrotado: se disolvió
Las cúpulas no eran ya cúpulas sino sombras
Me ha parecido que así es como se vive en las ruinas de un poder: sin mirar hacia arriba, sin saber que lo que flota sobre nuestras cabezas es el espectro de algo que una vez decidía sobre la vida y la muerte de todos. Bajo las arcadas la niebla se espesaba y las cúpulas no eran ya cúpulas sino sombras de algo que no estaba del todo ahí.
Nada era sólido. Nada era seguro.
La ciudad entera se deshacía en su propia luz.
Escribo al volver. Tengo frío y tengo la certeza de haber visto algo que no debería haberse dejado ver. Lo que he visto esta noche no es sentimiento, usted que me conoce sabe distinguirlo. Es un hecho. Esta ciudad se disuelve cada noche y cada mañana vuelve a solidificarse, y en ese ciclo hay una verdad que ningún libro de historia puede contar: que el poder no se destruye, se evapora. Que ochocientos años de principado no terminaron con un estruendo sino con un susurro. Y que la niebla lo sabe.