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Calles de Salzburgo envueltas en niebla

Carta Primera

La llegada

Escribo esta noche desde el alojamiento, todavía con el frío en los huesos y sin estar seguro de haber visto Salzburgo. He llegado esta mañana con niebla. No una niebla cualquiera sino una niebla inmóvil, tan densa que parecía llevar ahí siglos, como si formase parte de la ciudad tanto como las piedras o el río. Había viajado durante días con la imagen mental de lo que iba a encontrar y lo que he encontrado ha sido una ciudad borrada. He venido a ver los restos de un principado de ochocientos años disuelto por un decreto y la niebla no me ha dejado ver ni la calle de enfrente. Admitirá que tiene su gracia.

He caminado mucho esta mañana sin saber realmente por dónde caminaba. El río era un sonido, las calles eran estrechas o anchas según el eco de mis pasos, y la catedral —que según me habían dicho dominaba la ciudad desde cualquier ángulo— no era más que una sospecha, algo vasto que alteraba la densidad del blanco sin llegar nunca a mostrarse.

Figuras junto al río

Por la orilla del Salzach se movían siluetas que aparecían y se desvanecían como figuras de un sueño.

Por la orilla del Salzach se movían siluetas que aparecían y se desvanecían como figuras de un sueño, paseantes que la niebla iba tragando a medida que se alejaban. Las farolas seguían encendidas a media mañana, iluminando para nadie una ciudad que no podía verse, como un criado que sigue poniendo la mesa en una casa cuyo dueño no va a volver.

En algún momento he cruzado un puente. He sabido que lo era porque el suelo ha cambiado bajo mis pies y el sonido del agua se ha abierto debajo de mí. He mirado hacia abajo y durante unos segundos las he visto: cúpulas, torres, el perfil entero de una ciudad temblando en el agua. Salzburgo existía solo allí, invertida, reflejada en un río invisible. He alzado la vista y no había nada.

Ciudad reflejada en el río Salzach

Y entonces, sin previo aviso, la niebla se ha abierto. No se ha levantado: se ha desgarrado. Un jirón se ha apartado como un telón mal descorrido y allí arriba, exactamente donde yo sabía que tenía que estar pero mucho más cerca y mucho más grande de lo que había imaginado, ha aparecido la fortaleza.

Fortaleza entre la niebla

Un torreón suspendido en el vacío, almenas flotando sobre la ciudad como los restos de un castillo colgado del cielo.

No la he visto entera. He visto fragmentos. Un torreón suspendido en el vacío, un trozo de muralla que no se apoyaba en nada visible, almenas flotando sobre la ciudad como los restos de un castillo que alguien hubiese desmontado y colgado del cielo. No había montaña debajo, no había ladera, no había nada que explicase por qué aquella masa de piedra estaba ahí arriba en lugar de haberse desplomado hace siglos. Ha durado un instante. La niebla ha vuelto a cerrarse y Hohensalzburg ha desaparecido como si nunca hubiese existido.

Le confieso que he sentido algo parecido al miedo. Ya sé, ya sé — usted me advirtió que no hiciese de este viaje una empresa sentimental. Pero no ha sido un miedo racional —sé perfectamente lo que es una fortaleza y lo que es la niebla— sino algo más antiguo, más de las entrañas. Lo que había entrevisto no pertenecía del todo a este mundo. Era un fantasma. El fantasma que el decreto no ha podido eliminar. Napoleón disolvió el principado, disolvió el poder, disolvió los títulos, pero no ha podido disolver esto: esta capacidad de Salzburgo de aparecer y desaparecer entre la bruma como algo que se recuerda en un sueño y que al despertar no se sabe si fue real.

Torres de la catedral

Cuando la niebla ha vuelto a espesarse he seguido caminando, pero ya de otra manera. He acabado en lo que debía de ser la plaza mayor —el espacio se ha abierto de golpe y el rumor de una fuente ha sustituido al de mis pasos— y me he quedado quieto un rato largo, rodeado de formas enormes que no conseguía descifrar.

Calles estrechas del casco antiguo

Las calles eran estrechas o anchas según el eco de mis pasos.

Sabía que estaba en el centro exacto del poder y que todo lo que me rodeaba había sido levantado para manifestarlo, y sin embargo no podía ver absolutamente nada. Solo oír el agua y sentir el frío y saber que estaba siendo mirado por una ciudad que no se dejaba mirar.

Ha sido el olor a leña lo que me ha devuelto al mundo. Alguien había encendido una chimenea cerca y aquel olor doméstico, tan ajeno a la grandeza invisible que me rodeaba, me ha recordado que llevaba horas sin comer. Me he encaminado al monasterio de San Pedro, donde me habían recomendado una fonda excelente. Mañana le contaré si la niebla me ha permitido encontrarla.

Paseo junto al río Salzach

Me han dicho que mañana se levantará. Parte de mí preferiría que no lo hiciera.

Vista de Salzburgo
Carta 1 / 7